El corazón de las tinieblas
David S. Bennahum viaja al epicentro de la epidemia mundial, la zona crítica donde se originaron los infames virus informáticos búlgaros.
- ¿Qué opinas de Bulgaria?
- "La odio".
- ¿Qué opinas de Vesselin Bontchev?, pregunté.
- "¡Es un idiota!"
- ¿Y de Sarah Gordon?
- "Es una mujer agradable".
Me pegué el teléfono a la oreja. A través de los amplios ventanales de mi habitación de hotel podía contemplar el monte Vitosha; la punta de su cima redondeada resplandecía con tenues restos de nieve de junio. La ciudad de Sofía se extendía a sus pies.
- ¿Y qué hay de DARK AVENGER? ¿Qué opinas de él?
- "No quiero hablar de él. Esa época ya pasó. ¡Se acabó! No hablaré de eso".
Esas fueron sus respuestas más largas. Qué difícil resultaba hablar con él; siempre respondía con un "sí" o un "no" a mis preguntas. Se mostraba enfadado, amenazaba con dejar de hablar, pero seguía al teléfono conmigo. A pesar de su furia, no colgaba primero. Lo hacía yo.
Todor Todorov, o el COMANDANTE TOSH, como lo llaman algunos. Fundador del BBS "Virus Exchange". ¿Cómo definirlo...? ¿Un hacker anarquista? ¿Un creador de virus que ideó algunos de los códigos más destructivos que se conocen? Quizás lo mejor sea llamarlo un "chico Pravetz": uno de los miles de niños búlgaros que - bajo el régimen comunista de principios de los años ochenta - crecieron utilizando una microcomputadora Pravetz-82. Fabricada a partir de piezas del Apple IIe copiadas mediante ingeniería inversa, aquella máquina había dado lugar a una cultura y a un legado que nadie en el Politburó búlgaro había previsto. Eso es Todorov: un chico Pravetz. Así lo pensaba días después de nuestra conversación telefónica, mientras caminaba por los corredores de su antiguo instituto hacia el Aula 28.
El Aula 28. Había esperado mucho tiempo para llegar allí. ¿Qué vestigios podían quedar de aquella época, en los últimos días del comunismo, cuando unos adolescentes embriagados de poder hacían cosas que pocos adultos lograban comprender, justo al otro lado de la puerta cerrada marcada con el número 28? Hacía ocho años, esta aula del Instituto Nacional de Matemáticas era un foco de actividad algorítmica, la zona cero de una epidemia cibernética que se conoció como la de los virus informáticos búlgaros.
Fue 1989 cuando aparecieron sus primeros virus. Para finales de año, uno denominado Dark Avenger se había propagado con la suficiente rapidez como para atraer la atención periodística. En un principio, solo fueron unos artículos que mencionaban con cautela una nueva cepa, particularmente virulenta. Dark Avenger se adosaba sigilosamente a los archivos .com y .exe de MS-DOS, añadiendo 1800 bytes de código. Cada dieciséis ejecuciones del programa infectado, este sobrescribía aleatoriamente una parte del disco duro. Aparecía la frase "Eddie Lives... somewhere in time" (Eddie vive... en algún lugar del tiempo), seguida de caracteres ilegibles. En el código fuente además iba incrustado otro mensaje: "Este programa fue escrito en la ciudad de Sofía © 1988-89 Dark Avenger". En un proceso de autodestructivo al perder alguna parte esencial de su sistema operativo - sepultada bajo la incesante actividad de Dark Avenger - la máquina acababa bloqueándose.
Los programas incubados circulaban por escuelas, oficinas, hogares - y pasando de un disco a otro propagaban la infección. Tanto así que en 1991 se diagnosticó una epidemia internacional. Existían en esa época unos ciento sesenta virus búlgaros documentados "en circulación", y se estimó que el 10 por ciento de todas las infecciones en Estados Unidos provenían de Bulgaria, con el Dark Avenger como ejemplar más prominente. A principios de ese año, Dataquest encuestó a 600 grandes empresas y agencias federales norteamericanas, informando que el 9 por ciento había sufrido brotes de virus informáticos. Nueve meses después, la cifra había ascendido al 63 por ciento. Los relatos sobre empresas que perdían millones en ventas y productividad debido a ataques de virus se volvieron cosa de todos los días. La prensa terminó haciéndose eco de la amenaza: los tambores del miedo resonaron primero en Europa, más cerca del epicentro. Estos periódicos publicaban artículos sensacionalistas que describían los estragos causados, y aquel clamor pronto fue amplificado en los Estados Unidos. "Virus informáticos vinculados a los Búlgaros" y titulares del mismo tenor aparecían en molde en el New York Times, Time y el Washington Post.
Dark Avenger y otros cuantos virus -Michelangelo, Jerusalem, Pakistani Brain, Frodo - alteraron la manera en la cual la gente interactuaba con los ordenadores. Estas plagas dieron lugar a una nueva y lucrativa industria, la de los antivirus, y dejaron en la mente de los usuarios de PC un temor palpable: que cualquier archivo - por inofensivo que pareciera - podía portar una enfermedad voraz capaz de destruir información. Poco tiempo después - tan repentina y extrañamente como había surgido - el fenómeno de los virus informáticos búlgaros se desvaneció. Para 1993, Bulgaria no constituía ya una fuente significativa de nuevos virus. Pero el daño ya estaba hecho. Durante su apogeo entre 1990 y 1991, tanto alarma como realidad de la plaga búlgara se habían propagado exponencialmente, de computadora en computadora, y de conciencia en conciencia. Al día de hoy, Bulgaria ha perdurado como una especie de "cuco" cibernético.
La cuna de los virus
Una nación pequeña y empobrecida en los confines del sur de Europa, un país que, hacía apenas una generación, había sido mayoritariamente agrícola. ¿Cómo fue posible que esta tierra engendrara virus de computadora tan prolíficos? Quizás la antigua Alemania Oriental, la República Checa, Hungría o incluso Rusia - países desde hacía mucho tiempo industrializados, y con una larga tradición de formar matemáticos y científicos - hubiesen parecido los candidatos más probables; sin embargo, en comparación con Bulgaria, resultaron ser fuente insignificante. Era comprensible la confusión. En 1991, pocos extranjeros sabían que Bulgaria había creado la primera y única industria de computadoras hogareñas de planificación centralizada del bloque socialista mediante una serie de planes quinquenales aprobados por el Politburó.
Para finales de los años ochenta, los estudiantes búlgaros contaban con mayor acceso a ordenadores que sus homólogos de cualquier otro país de Europa Oriental. Hacían con ellos lo que los jóvenes hacen cuando descubren las máquinas: jugar, explorar y programar. Los búlgaros se ufanaban en construir uns cultura digital propia, alimentándose de los frutos del marxismo-leninismo. Fue entonces cuando se les dio a conocer un fruto prohibido. En 1988, la revista búlgara para aficionados a la informática Компютър за вас (Computadora Para Tí) - fundada en 1985 - tradujo al búlgaro un artículo alemán sobre virus. Se trataba de un paper sencillo, una mera introducción a los virus informáticos, pero contribuyó a difundir la idea en el país. Meses más tarde, apareció el primer código malicioso de fabricación casera. Computadora para Tí
Llegué a Sofía, el lugar donde todo empezó, en busca de un "Paciente Cero": el primer caso de infección digital del país. Quería saber quién lo había ideado y cómo; qué extraña combinación de cultura, computadoras y pueblo cuyo contacto había dado lugar a esta mezcla perfecta, que generó cepas de código viral propagadas por todo el globo.
Comprendí que - salvo por la posibilidad de adentrarme en la mente de Dark Avenger - lo más cercano que podía estar del epicentro era el Aula 28. Arribé allí porque Anton Ivanov me habló de ella.
Subversión estatal
"Los virus originales surgieron del Instituto Nacional de Matemáticas", afirma Ivanov, alterado por el efecto de la adrenalina, la nicotina y la cerveza que ambos sentíamos mientras estábamos sentados en la destartalada cafetería del sótano de la Academia Búlgara de Ciencias, una institución estatal. "Por aquel entonces, todo el mundo escribía virus. Fue la época en que la llamada" —y el sarcasmo de Ivanov se hizo evidente— "Iniciativa para la Informática General empezó por fin a ejercer una gran influencia". Dicha iniciativa llevó a los institutos miles de microcomputadoras (copias ilegales de los PC de Apple e IBM, sometidos a ingeniería inversa, hackeados y fabricados en plantas búlgaras. El Instituto Nacional de Matemáticas era uno de los mejores centros educativos y recibió varios clones del Apple IIe; solo un reducido grupo de alumnos (aquellos que obtenían resultados sobresalientes en un examen estandarizado) lograba ingresar en él. Y el lugar donde se instalaron dichos ordenadores fue el Aula 28. Ivanov era uno de los chicos que pasaban mas tiempo allí, al igual que su compañero de estudios Todor Todorov.
Entre estas computadoras Pravetz, Ivanov aprendió a programar. Hoy en día, ejerce como administrador de sistemas del laboratorio de matemáticas y del laboratorio de virología informática de la Academia de Ciencias, donde se desarrolla software antivirus. Ivanov aplasta la colilla de su cigarrillo hasta que el filtro adquiere la forma de los alerones de un cohete, y el humo le sale por el extremo opuesto. Dos de sus más íntimos amigos acaban de abandonar el país para irse a trabajar como programadores en Estados Unidos. Ivanov gana unos 20 dólares al mes, una cifra ligeramente inferior a la media nacional mensual. El presupuesto anual que administra para una red de 2.000 usuarios ronda los 2.000 dólares, cantidad que debe compartir con otros tres centros de investigación. Cuenta con un solo ayudante. Ivanov se encuentra estresado. Hace ocho años, la situación era distinta: acudía a clase y cada día el Aula 28 le deparaba nuevas aventuras. Aunque afirma jamás haber escrito un virus, observaba cómo Todorov y su buen amigo Ivalio Peev intercambiaban ideas para programarlos. Más tarde, Peev ayudaría a Todorov a montar su BBS de intercambio de virus (el Virus Exchange BBS). Los chicos colectaban código malicioso tal como los jóvenes estadounidenses coleccionan cromos de béisbol: intercambiaban discos infectados y llevaban nuevos virus al Aula 28 para examinarlos.
"El primer virus Dark Avenger era una porquería", dice Ivanov, recordando 1988. "Y conozco a las dos personas que hicieron que el virus funcionara", confiesa. Se ríe. "¡Son las cosas que hacen los chicos en el instituto!". Le pregunto si fueron Todorov y Peev. Ivanov aplasta las aletas de su cohete y se encoge de hombros. Cuando insisto para obtener una respuesta, dice: "Todo el mundo programaba virus".
La Bulgaria actual es una tierra de miseria económica. Existen dos clases: una fina capa de ricos —muchos de ellos especuladores del mercado negro o miembros de la mafia— y una enorme masa empobrecida cuya única división interna está dada por su nivel educativo. Uno puede ganar 30 dólares al mes con un doctorado, o lo mismo sin contar con título alguno. El talento que aquí se recompensa tienen que ver con la subsistencia, no necesariamente con la creatividad o el intelecto. Tras el inquietantemente pacífico colapso del comunismo en 1989 — que no afloró de una revolución, sino más bien de un marchitamiento —, los búlgaros eligieron un gobierno formado por ex-socialistas. Las nuevas industrias eran el tráfico de drogas y el contrabando de combustible y armas hacia la vecina Serbia, en plena guerra de los Balcanes. De las viejas industrias, la que mejor sobrevivió fue la piratería. Bulgaria - que en su día fabricaba miles de clones de Apple IIe e IBM - cuenta hoy con fábricas reconvertidas que producen discos compactos piratas, y lo hacen a gran escala: el país produce una cifra estimada de 25 millones de CD de audio y CD-ROM piratas al año. Su PIB oficial es de 61 billones de levas (33.700 millones de dólares estadounidenses). Su PIB no oficial - que incluye el mercado negro y las operaciones de la mafia - asciende a 120 billones de levas. La situación del Estado difícilmente podría empeorar.
El grupo que alcanzó la madurez presenciando esta transición es la "generación Pravetz". Estos jóvenes, que cuentan ahora entre veinte y treinta y pocos años, encabezan la expansión del acceso a Internet y conectan a la nación a través del ciberespacio con el resto del mundo. Existen aproximadamente 30 proveedores de servicios de Internet (ISP) y 300 servidores de alojamiento; se estima que entre 30.000 y 50.000 personas tienen acceso a la red (ya sea a través de cuentas escolares, laborales o domésticas). Dos de los mayores proveedores de servicios de Internet búlgaros —Digital Systems y BIS OnLine— están dirigidos por emprendedores cuyo primer contacto con la informática consistió en experimentar y manipular directamente los ordenadores Pravetz. Los jóvenes adultos están creando sus propias empresas, lo que impulsa un pequeño renacimiento de la actividad emprendedora y demuestra, con el ejemplo, que existen alternativas redituables a la emigración o al colaboracionismo con organizaciones criminales.
Ivailo Lenkov, otro graduado del Instituto Nacional de Matemáticas y compañero de estudios de Ivanov y Todorov, se encuentra a mi lado mientras ingresamos al Aula 28. De 26 años, Lenkov es el presidente de Iris Systems, empresa creadora de un software de telecomunicaciones a través de Internet. Doce personas trabajan para él: diez en Sofía y dos a tiempo parcial en el norte de California. Lenkov representa una excepción: es un empresario que realmente creó algo destinado a la exportación. La principal industria legítima del país consiste en importar hardware y bienes de consumo, es decir, en consumir productos extranjeros. Vender al exterior algo concebido aquí es algo prácticamente inaudito. Iris Systems ha vendido casi 4.000 copias de su software, y una media de 500 personas al día descargan la versión de prueba desde el sitio web de la empresa. Lenkov habla inglés con fluidez y me cuenta que gana 300 dólares al mes. Aunque su amigo —que trabaja para Security Insurance Company (SIC), la principal organización de la mafia búlgara— "hace 4.000 dólares mensuales", señala. Pese a ello, Lenkov se siente orgulloso de su empresa y solo desea "surcar una vida normal", lo que para él significa emigrar. Quiere trasplantar Iris Systems al extranjero, preferiblemente a los Estados Unidos.
Lenkov e Ivanov siguieron una senda: aprovecharon sus conocimientos informáticos para construir algo positivo. Todor Todorov y Dark Avenger tomaron otra dirección y emplearon sus habilidades con fines siniestros. Fue Todorov - a través de su Virus Exchange BBS - quien ayudó a difundir la obra de Dark Avenger. Entre 1990 y 1993, el BBS de Todorov ofrecía distintos virus; la gente podía leer el código fuente, aprender los trucos, formarse, experimentar un poco y, tal vez, crear un buen virus. Sin embargo, había una condición: los usuarios debían subir código fuente nuevo para ampliar la biblioteca; de lo contrario Todorov no les granjeaba acceso. Puesto que resultaba bastante difícil encontrar virus que no estuvieran ya en la colección, era más sencillo programarlos de cero. No necesitaban ser buenos; bastaba con que funcionaran. Quienes lograban ingresar podían interactuar con Dark Avenger —parroquiano del sistema— e intercambiar mensajes en el foro privado. Fue así que el BBS de Todorov cobró fama mundial, pues parecía señalar la existencia de un ambiente organizado: una universidad virtual y punto de encuentro para programadores de virus informáticos. Todorov operaba la cartelera electrónica desde la casa de su madre en la calle Atanas Perikliev de Sofía, ocupando una única línea telefónica y un módem de 2400 baudios. Vivían ambos allí, en un edificio de apartamentos moderno y anodino de ocho plantas — de aspecto macizo y sombrío — que daba a una intersección donde confluían cinco calles en ángulos irregulares.
En 1993, Todorov desapareció. Surgieron todo tipo de rumores. Algunos proclamaban que se había marchado a estudiar a Estados Unidos. Otros repararon en que, ese mismo año, Dark Avenger también se había esfumado. Su último virus conocido, Commander_Bomber, fue escrito en 1993. Afloraron más rumores que regaban una teoría favorita: Todorov y Dark Avenger eran la misma persona. Fue esta la que me llevó al Aula 28: la noción de que Dark Avenger también podría haber estado allí alguna vez. Todos los caminos conducían a allí. A Lenkov — bajo y fibroso, de barba castaña muy corta y ojos azules — le resulta ajeno mi romanticismo al respecto. "Pero lo entiendo", me dijo antes, en su coche de camino a la escuela; "te parece interesante esta historia. Para nosotros, en cambio, es algo que queremos olvidar". Cuatro chicos pasan corriendo a nuestro lado — aparentan unos 14 años — pateando una moneda de 10 levas en un juego que los lleva de un extremo a otro del pasillo vacío. Hubo un tiempo en que diez levas tenían valor. Hoy, apenas equivalen a tres centavos. La profesora que nos acompaña, Elena Maslenkova — quien refiere llevar veinte años enseñando en la escuela —, abre la puerta y entramos al Aula 28.
Las luces están apagadas y un viento pegajoso se cuela por las ventanas abiertas, haciendo ondear las desgastadas cortinas verdes que bañan la estancia con un resplandor fosforescente y inquietante. Sobre dos largas mesas de madera se encuentran siete ordenadores IBM PC con procesadores 386. El pizarrón está lleno de líneas de código en Pascal. La sala está en calma. La mayoría de los alumnos -me dicen- se encuentran en la planta baja realizando los exámenes finales. Los Pravetz ya son cosa del pasado.
La profesora vio pasar la generación Pravetz y recuerda el entusiasmo de aquellos días. Le pregunto cómo se comparan los alumnos actuales con los de la época de Lenkov y Todorov. Levanta la vista hacia mí con los ojos castaños brillantes. Explica que, si bien esta escuela recibía antaño lo mejor que Bulgaria podía ofrecer, hoy lamentablemente carece de fondos, víctima del colapso económico. "Los chicos tienen ganas de aprender —me dice—, pero nosotros no tenemos los medios para enseñarles". Los profesores emigran a Occidente; otros, incapaces de sobrevivir con sus exiguos salarios, han dejado el puesto para buscar trabajo en otra parte. Mientras habla, los cuatro adolescentes del pasillo se acercan y se reúnen junto a la puerta. Quieren entrar. "¿Está abierta la sala?", preguntan. Maslenkova niega con la cabeza y cierra la puerta tras nosotros al salir de nuevo al pasillo. Los chicos reanudan su juego de patear la moneda de un lado a otro del pasillo vacío.
Los cazavirus
En 1989, cuando Dark Avenger empezó a aparecer, un investigador informático búlgaro llamado Vesselin Bontchev identificó al autor como "DARK AVENGER". No fue difícil. El propio virus lo indicaba en su código: "Este programa fue escrito en la ciudad de Sofía © 1988-89 Dark Avenger". Bontchev entabló una extraña relación con el programador, quien, como fantasma de novela rusa, se volvió el doppelgänger de Bontchev. DARK AVENGER programaba virus — firmando algunos de ellos como "Vesselin Bontchev" — e incluso llegó a dejar una carta anónima en el buzón de Bontchev. Este respondió públicamente en la revista Computadora para Tí. Los lectores que seguían la situación acusaron a Bontchev de provocar a DARK AVENGER y de incitarlo a realizar cada vez mayores proezas de audacia algorítmica. Algunos llegaron incluso a afirmar que Bontchev y DARK AVENGER eran la misma persona. Bontchev, a su vez, se volvió una especie de celebridad en el ámbito de los antivirus. En 1990 fundó el Laboratorio Nacional de Virología Informática en la Academia de Ciencias de Bulgaria (donde Ivanov trabaja como administrador de sistemas). En 1991, Bontchev se trasladó a la Universidad de Hamburgo, donde redactó su tesis doctoral y obró a tiempo parcial en el laboratorio de antivirus de dicha institución. Actualmente reside en Islandia, donde trabaja para Frisk Software International, una empresa de software antivirus.
La partida de Bontchev, el cierre del BBS Virus Exchange de Todorov y el cese de cualquier nueva obra de Dark Avenger parecían marcar el final de esta etapa histórica. Durante los cuatro años siguientes, la actividad virósica en Bulgaria fue relativamente escasa; por ello, resultó sorprendente que - una mañana de enero de 1997 - Ivanov llegara al trabajo y descubriera que alguien bajo el seudónimo de DARK AVENGER había vulnerado los sistemas informáticos de la Universidad de Sofía, cuya red estaba conectada a la de la Academia de Ciencias de Bulgaria. El intruso obtuvo acceso de root (administrador) y utilizó el servidor de nombres de dominio de la universidad para engañar a equipos en Estados Unidos, haciéndoles creer que su máquina parásita era un equipo de confianza de la red local. Durante dos días, DARK AVENGER tuvo el control total de la mayor red de datos académica del país.
Era un momento propicio para actuar. En el exterior, en las calles de Sofía, miles de ciudadanos exigían el fin del gobierno de los ex-socialistas y sus allegados. Ante el precipicio de la violencia, la nación dio marcha atrás y el Partido Socialista gobernante aceptó convocar elecciones parlamentarias anticipadas. En abril de 1997 se eligió un nuevo gobierno — que defendía la democracia, el Estado de derecho y la apertura de los mercados —, logrando una mayoría parlamentaria. Las Fuerzas Democráticas Unidas gobiernan ahora Bulgaria, y el país parece estar recuperándose con cautela de la etapa de los ex-socialistas y su red de colaboradores. Todo indica que, por fin, hay en el poder un gobierno que rinde cuentas a la ciudadanía.
En medio de la agitación del cambio político y el agotamiento provocado por el colapso económico, el retorno de DARK AVENGER pasó prácticamente inadvertido. Quien siguió el asunto de cerca fueron estos miembros de la generación "Pravetz" que, en su calidad de administradores de sistemas, llevaban seis meses jugando al gato y al ratón con DARK AVENGER. Ivanov es uno de ellos, al igual que Kalin Bogatzevski, de 24 años, responsable de BIS OnLine. BIS fue hackeado por DARK AVENGER durante esos mismos dos días y, a lo largo de varias semanas, el misterioso hacker dispuso de una cuenta en BIS que había creado con el nombre de usuario "dav". Bogatzevski — quien descubrió la informática en sexto curso, durante un campamento de los Jóvenes Pioneros a orillas del Mar Negro — había fundado en 1992 el primer BBS de Sofía con servicio las 24 horas desde su propia casa: "XaX World".
Daniel Kalchev, director de Digital Systems — el mayor proveedor de servicios de Internet (ISP) de Bulgaria —, afirma que estas recientes intrusiones constituyen el único caso actual de cracking a gran escala. "Esto no es como en la época de los virus, cuando había mucha gente interesada", comenta. "Este dav actúa por su cuenta".
Nadie tiene la certeza de que este dav sea el mismo que el DARK AVENGER de antaño. Sin embargo, en la estrecha red de hackers administradores de sistemas — muchos de los cuales, como Bogatzevski y Kalchev, se conocen desde los tiempos de la expansión de los BBS a principios de los años 90 —, la inquietante coincidencia temporal entre el regreso de DARK AVENGER y el de Todor Todorov no pasó desapercibida en lo absoluto. Según Bogatzevski, Todorov "reapareció en Sofía a finales de diciembre de 1996, tras una ausencia de tres años; es decir, un mes antes que DARK AVENGER". Poco importa si Todorov es el responsable o si el nuevo Dark Avenger es el mismo que el original. Como señala Sarah Gordon —la investigadora estadounidense de antivirus que mejor conoce al DARK AVENGER original —, "es fácil suplantar a Dark Avenger".
Fue Sarah Gordon quien mejor logró despojar a los hackers búlgaros de su fanfarronería y exageraciones, revelando las motivaciones de los creadores de virus. Gordon, antigua trabajadora social y madre de acogida especializada en jóvenes en situación de crisis, compara a estos programadores con adolescentes rebeldes y enfadados. Fue un virus lo que la puso en contacto con DARK AVENGER. En 1990 compró un ordenador portátil que traía consigo un virus llamado "Ping_Pong.B". Intrigada por la infección, entró en un grupo de discusión a través de FidoNet y pronto reparó en un participante muy activo llamado DARK AVENGER. Atraída por la fama que le rodeaba y con la esperanza de llamar su atención, comentó que le gustaría que un virus llevara su nombre.
Meses más tarde, llegó a manos de Gordon un paquete de código extraordinariamente infeccioso llamado MtE ("Mutation Engine" o Motor de Mutación). El MtE no era en absoluto algo convencional, ya que podía transformar cualquier virus en una variante "polimórfica". Fue esto lo que marcó el fin de una era en la evolución de los virus y el comienzo de otra: su naturaleza mutante dificultaba enormemente su detección. Oculto en el código del virus de demostración que acompañaba al motor, había un mensaje: "Dedicamos este pequeño virus a Sarah Gordon, que quería que un virus llevara su nombre".
Logró lo que nadie más había conseguido: establecer una interacción con DARK AVENGER. Durante los cinco años siguientes, ambos mantuvieron su intercambio de mensajes en línea. En 1993, ella llegó a la conclusión de que DARK AVENGER era un "individuo único", con poco en común con otros creadores de virus. Mientras que otros programadores se sentían motivados por la fama, la diversión o el poder — al observar su creación propagarse por todo el mundo —, DARK AVENGER parecía impulsado principalmente por un odio furioso hacia Vesselin Bontchev, a quien llamaba "la comadreja". Acusaba a Bontchev de ser su cómplice y de conspirar con otros programadores virósicos facilitándole código fuente bajo el ardid de investigación antivirus. La correspondencia entre Gordon y DARK AVENGER dio lugar a una serie de artículos y le otorgó notoriedad en el ámbito antivirus. [Véase "Una entrevista con Dark Avenger"]. Sin embargo, dicha correspondencia no perduró. Cuando DARK AVENGER se enteró de que su musa iba a contraer matrimonio en 1995, le dijo que no volvería a saber de él, y así ha sido.
Aun así, siento fascinación por Todor Todorov y decido llamarlo por teléfono. Responde su madre, que habla inglés; Todorov no está en casa. Quiero preguntarle sobre estas acusaciones, sobre la cartelera electrónica Virus Exchange. Quiero saber qué opina de Bulgaria. Quiero saber qué ha hecho desde 1993 hasta la actualidad. Cuando por fin logro contactar con Todorov, resulta imposible entrevistarlo. No hay resquicio alguno, ni posibilidad de entablar conversación con la voz airada que llega a través de la línea. Así que pruebo con DARK AVENGER, utilizando la dirección de correo electrónico que Kalin Bogatzevski me ha facilitado. Bogatzevski, obsesionado con DARK AVENGER, le había seguido la pista lo mejor que pudo desde que este irrumpiera en su sistema. Envío un mensaje a la cuenta que DARK AVENGER utiliza en m-net.arbornet.org — una red comunitaria ("freenet") de Michigan donde se hace llamar VENGADOR OBSCURO — y le pregunto si él es Todor Todorov. Él responde:
"Me importa un bledo lo que piensen tus trescientos mil o trescientos millones de lectores. Tampoco me importa lo que pienses tú. Hay un montón de imbéciles en este planeta y me sería imposible hacer feliz a cada uno de ellos, aunque quisiera... cosa que no quiero. En tercer lugar, lo que escribo aquí se considera (por mi parte) correo electrónico privado, así que nada de esto debe publicarse, enviarse a otras personas ni nada por el estilo (si sucede y me entero, me enojaré muchísimo). Por lo demás, me da igual lo que escribas. Por cierto, ¿siempre eres tan insistente o solo cuando intentas hacer tu trabajo? Supongo que todos los periodistas deben son así. Pero debo decir que me desagrada. De todos modos, esos trucos no funcionarán conmigo. No soy uno de esos estúpidos inseguros que se les va la vida por ver su nombrecito impreso en papel o en algún lado. Y no tengo nada que hablar sobre mi identidad 'real', ni sobre ninguna otra cosa, por el momento. Gratis no vas a sacar ninguna información de mí. No creo que me convenga contarte nada y, mientras sea así, simplemente puedo ignorarte. Pero no te enfades... Estoy seguro de que está lleno de idiotas (eh... otras personas) a quienes les encantaría hablar contigo. O lo que sea".
La capa del Vengador Oscuro
Hasta su caída en noviembre de 1989, Todor Zhivkov gobernó Bulgaria durante 35 años. Tras siete años bajo arresto domiciliario, vivía con un pequeño séquito en una villa con vistas a Sofía. A sus ochenta y seis años y en gran medida ignorado por el espectro político, Zhivkov ha sobrevivido a los grandes dictadores comunistas de la Europa Oriental. Existen aspectos de su legado que los búlgaros aún admiran, principalmente su ímpetu por crear una nación moderna. Fue Zhivkov quien - entre los dictadores socialistas - logró un lugar destacado para su país como proveedor de alta tecnología para las naciones del COMECON, la red económica que gestionaba el comercio entre la URSS y sus aliados. En su apogeo, Bulgaria suministraba el 40 por ciento de las computadoras del bloque del Este. La industria electrónica empleaba a 300.000 trabajadores y generaba 8.000 millones de rublos anuales (13.300 millones de dólares estadounidenses), en una época en la que cada rublo se traducía en mejoras tangibles en el nivel de vida.
El motor de esta producción eran miles de científicos e ingenieros que, mediante un esfuerzo nacional — una especie de ARPA socialista —, adquirieron habilidades informáticas de excepción. Los investigadores se formaban para desmantelar sistemas, descubrir su funcionamiento interno y luego reproducirlos; en esencia, se formaban para hackear. Todorov, DARK AVENGER, Bogatzevski, Lenkov, Ivanov, Kalchev, Vesselin: todos ellos eran herederos de este legado, hijos de Todor Zhivkov.
En 1967, el Politburó puso en marcha el primero de varios planes quinquenales búlgaros dedicados a la informática. En la fase inicial - que abarcó de 1967 a 1972 - se estableció un enorme complejo industrial destinado a realizar ingeniería inversa, copiar y fabricar computadoras centrales ("mainframes") de IBM y minicomputadoras de DEC.
Conocida por las siglas ZIT (acrónimo que se traduce como "Fábrica de Maquinaria Informática"), la iniciativa polinizó al mundo académico y al industrial. Las universidades formaban a graduados que trabajaban en institutos de investigación especializados en desmontar computadoras estadounidenses. Una vez que una computadora sus elementos constitutivos se desensamblaban — tanto a nivel de software como de hardware —, los responsables industriales diseñaban un proceso de fabricación para replicar la máquina. Estos gestores ideaban métodos que utilizaban materiales locales, aprovechando los recursos autóctonos —desde hierro y silicio hasta plásticos y caucho sintético. Una vez elaborado un prototipo exitoso en colaboración con los ingenieros del laboratorio, se iniciaba la fabricación en serie. Poco después, surgían los clones, que eran remitidos a los países del COMECON. ZIT llegaría a producir 180 mainframes al año.
Para 1989, un joven ingeniero de la ZIT, el profesor Kiril Boyanov, llegó a dirigir un laboratorio con 1.200 investigadores. Hoy, Boyanov ocupa un despacho en la Academia Búlgara de Ciencias. Cursando en la sesentena, dirige el Laboratorio de Procesamiento Paralelo y Distribuido, con un plantel de 30 personas. Su presupuesto proviene principalmente de Occidente, a través de subvenciones académicas de la Unión Europea, y sobre su escritorio se apilan memorandos y documentos con la bandera de la Comunidad Europea. El hijo de Boyanov, que trabaja en el laboratorio como administrador de sistemas, gana 8 dólares estadounidenses al mes.
En el exterior, el campus parece el escenario de una película de ciencia ficción sobre el fin del mundo: el pasto crece descontrolado, resquebrajando el hormigón y devolviendo las veredas a su estado natural, mientras investigadores en guardapolvos — que sobreviven con salarios ínfimos — se abren paso entre la maleza para ir de un edificio a otro o dirigirse a una autopista, por donde circulan autobuses abarrotados de viajeros. El boleto cuesta 100 levas (unos siete centavos), pero la mayoría simplemente sube y viaja gratis, con los rostros pegados a las ventanillas como pétalos que aguardan el sol.
Boyanov construyó una empresa bajo el régimen comunista y formó a cientos de personas en el arte específico de la ingeniería inversa. "Seleccionaba a los mejores estudiantes para que cursaran su doctorado conmigo. Les enseñaba a analizar equipos y a duplicarlos. Por ejemplo, conseguíamos las placas lógicas más recientes de IBM y averiguábamos cómo funcionaban. A veces encontrábamos bugs" — sonríe Boyanov ampliamente al recordarlo — "y los depurábamos". Es comprensible que se sienta orgulloso: en 1970 trabajó en la creación de un clon del IBM 360/40, todo un logro en plena Guerra Fría. Más tarde, trabajó en la replicación de las familias de mainframes IBM 370 y 1040, así como de la línea de minicomputadoras DEC PDP. "En Estados Unidos necesitaban herramientas para fabricar productos. Aquí, necesitábamos herramientas para deconstruirlos. Contábamos con las capacidades fundamentales para ello y creamos una nueva clase de investigador: aquel capaz de replicar una máquina utilizando materiales diversos". Hace hincapié en este último punto. "La calidad no era tan buena, pero funcionaban. Construimos una economía sobre esa base". Realiza una pausa y me observa desde el otro lado de la mesa; la fotografía de su madre, fallecida recientemente, parece atisbar desde el marco situado a su lado. "¿Fue algo bueno o malo?", pregunta. Es una pregunta retórica, y aguardo a que él mismo responda. "No lo sé", dice, con los brazos cruzados sobre el abdomen. La ZIT dio origen indirectamente a la Pravetz, la empresa que la bautizó así por la pequeña localidad donde nació Todor Zhivkov. Cuando aparecieron las primeras microcomputadoras a mediados de la década de 1970, sus ingenieros búlgaros las consideraron meros juguetes para niños y decidieron no reproducirlas. En la peculiar ecología de la industria socialista - donde las empresas competían por obtener fondos estatales y licencias para controlar sectores del mercado - existía la competencia, así como una forma peculiar de emprendimiento. Una pequeña empresa que buscaba prosperar en el mundo de los Planes Quinquenales, decidió incursionar en el negocio de las microcomputadoras. Pravetz recibió el apoyo del Ministerio de Educación, que acordó comprar miles de estas máquinas para instalarlas en las escuelas. A partir de 1982, las líneas de montaje produjeron decenas de miles de microcomputadoras. Estos equipos - empezando por el modelo Pravetz 82 - llegaron a escuelas de toda Bulgaria y del bloque socialista. Incluso Corea del Norte encargó varios cientos, pagando con cemento triangulado a través del puerto italiano de Trieste.
"Cerca de la mitad de nuestros chips tipo 6502 se fabricaban en Bulgaria; la otra mitad la comprábamos en Singapur", me cuenta con orgullo Vassil Tzarevsky, ex-director de Pravetz. Tzarevsky se enorgullece de dos cosas: de que sus trabajadores tuvieran la capacidad de reproducir los microprocesadores por sí mismos y de que sus directivos fueran lo bastante hábiles para conseguir divisas fuertes y comprar chips adicionales en el exterior a distribuidores legítimos. "Nuestro chip costaba el doble que los originales de Singapur", me explica. "Teníamos que sortear las restricciones de la economía planificada vendiendo muchos más chips búlgaros de lo previsto, y recurriendo al dinero extra para comprar chips de Singapur". Tzarevsky sonríe ante la ironía: la fabricar un chip costoso para conseguir el mismo modelo a menor precio.
Según Tzarevsky, "el público principal siempre fueron los niños". Esto hacía que Pravetz fuera única, ya que carecía explícitamente de fines militares o de seguridad. Más bien, la Pravetz se presenta como una creación monumental nacida del capricho, similar a la oscura máquina de videojuegos Robotron fabricada por los alemanes orientales a principios de los años ochenta. Estos artefactos culturales funcionan como réplicas de los originales, modificadas para adaptarse a las directrices de una economía centralmente planificada y luego apropiadas por los jóvenes. No fue hasta mi último día en Bulgaria cuando logré ver una Pravetz 82. Hoy en día son difíciles de encontrar; son solo un pedazo más de chatarra de silicio, demasiado obsoletas para su conservación.
Maslenkova, la profesora que me dejaba entrar en la sala de informática del Instituto Nacional de Matemáticas, me dio una pista. Me habló de un taller —el último que quedaba en Sofía— especializado en reparar computadoras Pravetz. Ivailo Lenkov y yo nos dirigimos hacia el norte, atravesando Sofía, hasta un barrio situado junto a la estación de tren. Sofía, una ciudad de 1,2 millones de habitantes, no parece tener barrios peligrosos, pero los búlgaros que he conocido insisten en que me equivoco. "Este es un mal sitio", me dice Lenkov al acercarnos a nuestro destino. "Aquí viven muchos gitanos y turcos". Miro por la ventanilla: edificios bajos se apiñan a lo largo de unas calles que parecen iguales a las de cualquier otro lugar: sucias y llenas de baches. Más adelante veo una valla publicitaria: coronan el anuncio dos hombres se estrechan la mano dejando ver ostentosamente los puños de sus trajes a medida — bajo las siglas SIC (Security Insurance Corporation). En Bulgaria, la mafia se anuncia.
Poco después de pasar la valla, Lenkov gira a la izquierda por una calle empedrada — apenas más ancha que un callejón —, sube una cuesta empinada y estaciona frente a un edificio desfachatadamente amarillo. Unos cuantos árboles de aspecto mustio extienden sus ramas sobre la calle. En el exterior veo el logotipo de Pravetz.
Lenkov y yo subimos una escalera empinada y entramos en un pasillo largo; caminamos sobre un piso de madera desgastada hasta llegar a un hombre sentado ante un escritorio cubierto de polvo. Sonríe constantemente en medio de los restos de la historia informática búlgara: placas madre, cables de conexión, carcasas de plástico... todo ello cubierto por una fina capa de mugre. El humo del cigarrillo se acumula en el techo y se posa lentamente sobre todo lo que le rodea. Delgado y elegante, con un jersey gris desteñido que hace juego con su pelo, este hombre es uno de los dos únicos técnicos oficiales que quedan en Sofía para reparar los microordenadores Pravetz 82. Enfrente, otro hombre más joven trabaja en un PC, y una mujer fuma distraídamente sentada en un sofá hundido, al fondo de la sala, bajo un calendario de 1993 que muestra la fotografía de una chica en tanga y con el torso desnudo. El hombre de pelo cano levanta la vista y sonríe. Se encuentra trabajando en un Pravetz 82 que luce el mismo diseño elegante de la Apple IIe original, salvo por las teclas que presentan caracteres tanto cirílicos como latinos y la carcasa de plástico en imitación de veta de madera. En su interior se esconde un universo paralelo de circuitos. Observo cómo el técnico se inclina sobre el procesador abierto, con el cigarrillo colgando de los labios; me enseña a conectar la disquetera externa a la placa madre, asiento con la cabeza y él cierra la tapa. Le entrego siete dólares estadounidenses y él me da la máquina.
Mi Pravetz es un memento mori, un vínculo tangible con un instante fugaz en el que la infancia de la propia informática — con sus gloriosamente accesibles 64 KB de memoria RAM — coincidió con la juventud de chicos como Todor Todorov, Ivailo Lenkov, Kalin Bogatzevski y Anton Ivanov.
Los ordenadores Pravetz son inseparables de la epidemia de virus en Bulgaria. Fueron los primeros en mostrar a los jóvenes búlgaros los extraños y nuevos poderes que los ordenadores podían otorgarles. También forman parte de una cultura de misterio, un lugar en otro tiempo, literalmente, bizantino.
Ese misterio envuelve aún a Bulgaria y a sus notorios creadores de virus. En Sofía, Kalin Bogatzevshi está convencido de que Todor Todorov es DARK AVENGER. Ivalio Lenkov, que conoce a Todorov desde la infancia, afirma que Todorov no es DARK AVENGER. Todorov no responde a la pregunta. Tampoco lo hace la persona que ahora se hace llamar DARK AVENGER.
Incluso Sarah Gordon —la única persona ajena al entorno original que conoció al DARK AVENGER auténtico— tiene dudas. Admite que tal vez no lo sepa. DARK AVENGER ya no es una persona, sino un manto: las letras del seudónimo "dav" que pasan de un impostor a otro.
Es una idea contagiosa que sigue creciendo. Lo que comenzó hace casi una década en Bulgaria con una sola persona se ha propagado por todo el mundo a través de los tentáculos del ciberespacio. Cualquiera puede tomar este manto, ponérselo y convertirse en DARK AVENGER.
"Heart of Darkness", por David S. Bennahum, publicado en el número de noviembre de 1997 por la revista Wired.
Traducción: ~peron
Véase también: En la mente de Dark Avenger