Martín Vukovic
Alma rompe un plato y se pone a llorar
Tiene las manos llenas de espuma, la remera salpicada de agua, y los ojos prendidos fuego por las lágrimas que no logra contener.
Quien estuviera en la habitación de al lado habría escuchado un estallido de cerámica, unos segundos de silencio -salvo por el sonido del agua corriendo- y luego una bocanada de aire de alguien que acaba de salir a la superficie en el último segundo antes de ahogarse, una bocanada tan grande que parece tragarse todo el aire de la casa. Lo que sigue es un mero silbido que se escapa penosamente de la garganta de Alma, que hace que el gato levante las orejas y se ponga en guardia.
Alma reconoce lo patético de la escena, ve el plato estallado en el piso y siente que es ella la que está hecha astillas, desparramada por el piso de la cocina, esperando que venga alguien con una escoba y una palita a barrer los pedacitos de Alma de abajo de la mesa y de la heladera.
¡Cuidado chicos, no anden descalzos en la cocina que se me rompió Alma!
La crisis pasa, su cuerpo deja de temblar y de a poco se relaja. Ahora sigue lavando los platos porque se está gastando el agua. Después juntará los restos de Alma con la escoba y la palita. Los va a poner en una cajita de cartón o adentro de un par de bolsas para que la gente que revisa la basura no se corte con la punta de una costilla, o con el filo de una oreja.
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