Martín Vukovic
Veinticinco
Los 25 de mayo cumplía años mi viejo. Como hace poco fue esa fecha, quería escribir algunas cosas sobre él.
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Un día iba caminando con él por la calle y me dijo “Martín, mirá al frente. Parecés un tipo derrotado”. Su intención no fue humillarme ni retarme. Me lo dijo de forma brusca, si, pero motivada por su preocupación y su cariño.
En esa época era evidente que yo no lo pasaba bien en la escuela. Yo estaba del lado de los que reciben las burlas y las molestias, no del de los que las entregan. Y eso se reflejaría en toda mi persona, en mi cara, en mi forma de sentarme, de moverme, de caminar.
En ese momento sí sentí su comentario casi como un reto, pero en poco tiempo entendí a qué se refería y por qué me lo dijo. Hasta la actualidad no faltan ocasiones en las que voy caminando y me acuerdo de su consejo, y levanto los ojos al horizonte.
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Como buen hijo de su generación, era una persona muy desconectada con sus emociones. Era evidente que le costaba mucho dar cumplidos, decir te quiero, pedir perdón…
En sus últimos años, en los que esta vez él se encontraba derrotado, le resultó más fácil en alguna ocasión desviar su mirada de la tele en donde estábamos viendo una película para mirarme a mi, darme una palmada en la pierna y decirme que estaba orgulloso de mi.
Son pocos los momentos como ese, pero no lo digo como reproche. El tiempo para los reproches pasó hace mucho, y conociéndolo a él, a su familia, a su historia, y habiéndome convertido en padre yo mismo, aprendí a comprenderlo. Esa sequedad y a veces ausencia en ciertos momentos de mi vida me enseñaron, aunque sea por contraste, a identificar esas actitudes para intentar no reproducirlas yo con mi hija.
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Entre las cosas que más valoro haber recibido de él, está mi escepticismo científico. En su persona, tenía la forma de ateísmo o agnosticismo. Recuerdo haber tenido conversaciones sobre la distinción entre esas dos posturas, y sobre el pensamiento religioso. Él no era un estudioso del tema ni mucho menos. Simplemente no era una persona religiosa y sabía que se encontraba entre una de las otras dos opciones.
Ésto no fue una imposición de su parte. Fue algo que se dio orgánicamente, que es la mejor forma de que las ideas tomen raíz.
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Una vez cuando yo tendría 18 o 19 años me llevó a Buenos Aires con él en un “viaje de negocios”. Tenía que visitar la embajada de China para consultar unas guías tipo Páginas Amarillas en donde se listaban empresas e industrias de ese país, para conseguir sus contactos y ver si podía conseguir un componente para una máquina o algo por el estilo.
La cuestión es que mi viejo no sabía chino. Yo tampoco. Por suerte las guías esas estaban en inglés. Y yo me defendía bastante con el inglés.
Llegamos, nos anunciamos (teníamos turno previo, obviamente), y nos dejaron pasar. La embajada de china por lo menos en ese momento, era la misma casa del embajador de china. MANSA MANSIÓN tenía.
El living tendría la superficie de toda mi casa, y estaba completamente vacío salvo por un sillón enorme en el centro, y una televisión, que si mal no recuerdo, era de pantalla plana, y MUY grande (claro, para poder verla a 4 metros de distancia).
Nos hicieron pasar a un lugar apartado, pero todavía conectado con el living, no era una habitación del todo diferenciada. Ahí había una mesa grande, y nos dejaron en compañía de las famosas guías.
Pasamos un par de horas con esa actividad, y nos fuimos con una sensación de éxito y de misión cumplida. El resto del viaje fue ir al cine y después ir a comer a un bodegón español al que él solía ir cada vez que tenía que viajar a Buenos Aires.
Ese fue uno de los únicos, si no el único día que pasé haciendo algo sólo con él, y lo recuerdo con mucho cariño.
Gracias por leer.
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