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El olvidado oficio de enviar y recibir cartas

Últimamente estuve pensando mucho en cómo recuperar la práctica de escribir, y recordé este texto que escribí hace un tiempo en mi cápsula Gemini, así que acá les dejo esta versión levemente editada y ampliada.


Soy suficientemente viejo como para recordar cómo era enviar y recibir cartas.

Recuerdo intercambiar correspondencia con una chica de la que me creí enamorado en mi preadolescencia. Ella vivía en otra provincia, nos habíamos “conocido” (y pongo esta palabra entre las comillas más grandes que se pueden poner) en unas vacaciones en las que su familia y mi grupo de amigos habíamos alquilado casas aledañas. Una noche nos sentamos solos al costado del camino de tierra y charlamos. En mi mente (y en mi defensa, en la suya también), fuimos novios, aunque nunca nos dimos ni un solo beso.

También recuerdo escribirle a mi familia aquella vez que “me fui a vivir” a otro país (nuevamente, comillas cinematográficas) para comunicarles que mi plan no estaba funcionando, y que iba a volver a casa después haber pasado un par de meses intentando que mi suerte se resolviera sola, sin éxito, obviamente (sólo tenía 18 años…).

Todavía conservan esa carta, y yo conservo una buena parte de la culpa que sentí por la preocupación y el dolor que les causé. También me siento sumamente agradecido y afortunado por cómo se portaron conmigo, tanto antes como después de ese viaje. Antes, aconsejándome para intentar hacerme recapacitar, y luego, recibiéndome sin castigos ni rencores.

No estoy seguro de cuál fue la última carta (fuera de documentación y cosas por el estilo) que envié antes de “la sequía postal”.

Después, y durante muchísimo tiempo, los medios digitales tuvieron total exclusividad en mi vida.

Pero hace unos años, comencé a usar una app llamada “Slowly” (esto no es una publicidad de una app, pueden seguir leyendo) que sirve para contactar con gente que busca conocer personas comunicándose “a la antigua”.

Los mensajes en Slowly no son instantáneos, son lentos, y dependiendo de la distancia a la que se encuentra la otra persona, la entrega tarda más o menos, como si fueran cartas.

Me pareció una idea simpática y durante un tiempo busqué entablar conversaciones significativas con gente de distintos países, idiomas, profesiones, con un éxito bastante moderado.

Hacer nuevos amigos a partir de cierta edad es cada vez más difícil, y mi experiencia con Slowly no fue la excepción. Muchas veces la gente sólo quería hablar de sí misma pero no prestaba mucha atención a lo que yo les contaba, o era gente muy superficial que sólo tenía temas genéricos y aburridos de los que hablar.

Pero… una persona de entre todos los contactos fallidos y conversaciones caídas en el abandono, siguió leyéndome atentamente y también compartiendo sobre sí mismo.

Luego de muchas idas y vueltas, vimos que el artificio de Slowly ya no resultaba tan divertido, sino que se era un obstáculo, así que decidimos seguir en contacto por e-mail.

Ya no tengo instalada la app, y no recuerdo exactamente hace cuánto fue que comenzamos a conversar, pero sé que fue hace varios años, y seguimos escribiéndonos regularmente hasta el día de hoy.

Le he compartido muchas cosas personales de mi pasado y de mi presente, y él también lo ha hecho conmigo. Lo considero mi amigo, un buen amigo, a pesar de nunca haberle dado la mano ni escuchado su voz en vivo.

Hace un par de décadas, cuando Internet todavía era una novedad, la idea de entablar una amistad (o un amor) a distancia con alguien con quien nunca habías compartido un espacio físico, era una idea bastante exótica, y se miraba con cierto escepticismo. Hoy eso ya no sorprende a nadie, porque hasta las relaciones reales se fueron volviendo cada vez más virtuales, y si bien sabemos que nunca podrán reemplazar a las relaciones humanas cara a cara, creo que si son relaciones sinceras y sostenidas con esfuerzo y verdadero aprecio, pueden ser tan beneficiosas como cualquier otro tipo de relación.

Ambos preferimos la comunicación asincrónica, por eso nunca hicimos una video llamada, ni hablamos por teléfono, ni siquiera por mensaje instantáneo de ningún tipo.

El e-mail nos sigue pareciendo el formato perfecto para el tipo de intercambio que nos gusta tener. Respetamos el tiempo y el espacio del otro, no hay presión por responder rápido, y si pasan meses sin recibir una respuesta, sigue estando dentro de lo “normal”,

El usar la palabra escrita, entretejida con cuidado, con tiempo para reflexionar y dar forma a un texto de un género literario casi olvidado, en el que volcamos una parte de nosotros y esperamos poder despertar el interés y las emociones de nuestros interlocutores, es una experiencia muy gratificante y enriquecedora.

Si estás leyendo esto, “F”, ¡hola! :)

Gracias por leer.

Espero tus comentarios por email.