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Lo que queda de mi barrio

Leí hace poco en algún lado que ya no recuerdo:

“Cuando uno vuelve a la Argentina después de irse, descubre que todo ha cambiado… y sin embargo todo sigue igual.”

Esto lo sentí después de cinco años de vivir afuera y volver al mismo barrio, a la misma casa de toda la vida. Para algunas cosas, cinco años es un montón de tiempo, y para otras, no es nada.

Alguna vez me pasó que viendo una película parpadeé en el momento exacto en el que algún detalle cambió, o desapareció repentinamente de la pantalla, y no lo noté en absoluto, aunque fuera algo muy evidente.

Pero tras una ausencia incluso pequeña, el volver a pasar por un lugar que uno conoce de toda la vida, ya parte de nuestro paisaje mental, y no encontrarlo, o encontrarse con otra cosa, no es algo que pase desapercibido. Durante unos segundos nuestro cerebro tiene que trabajar aceleradamente para conciliar el hecho de que esa es la esquina de la panadería pero nuestros sentidos nos dicen que en ese mismo espacio existe un local de ropa para niños.

Cuando uno vive tantos años en un mismo lugar, uno ve y conoce cosas que los habitantes más nuevos no. Esto no es una virtud, es simplemente un hecho que va haciéndose cada vez más cierto con cada día, mes y año que pasa.

En este breve recorrido les quiero contar algunas cosas sobre lo que (por ahora) sobrevive del pasado de mi barrio.


Casi al lado de mi casa está la cerrajería. Antes tenía un cartel más simpático con forma de llave, pero ahora tiene uno mucho más genérico y aburrido.

Si bien está ahí desde hace un montón de años, no es de las cosas más viejas, pero como entrar y salir de mi casa era necesariamente ver la cerrajería, se convirtió en un sinónimo de “mi casa” o “mi cuadra”. Es una estrella en el cielo marítimo que sirve de norte para quienes buscan mi hogar.

Las rejas del Hospital Italiano, más específicamente las de la maternidad de dicha institución, marcan el comienzo de casi todos mis recorridos. Debo pasar por ahí para ir a tomar el colectivo, para ir a la farmacia, a la panadería, al super, a la escuela de mi hija, etc.

Siempre me parecieron muy bellas, y las vi pasar por distintas manos de pintura de distintos colores y distintos niveles de descuido. Detrás de la reja hay un pequeño espacio verde que da un poco de frescura a las ventanas de las habitaciones donde a pesar del estruendo del tránsito, intentan dormir las madres con sus hijos recién nacidos.

En una calle lateral por la que no solía transitar mucho pero que aprendí a querer más últimamente, hay una casa con una fachada que siempre me intrigó. Es la única casa con ese estilo, y tiene unas puertas y un portón de hierro (creo) muy bellos también.

La foto es actual y las puertas están pintadas de blanco pero antes tenían un color más metálico, verde oscuro o algo así, que me gustaba mucho más.

La funeraria “Pocho Bernardo”. Siempre me pareció un nombre ridículo para una funeraria, pero qué sabré yo sobre SEO de funerarias…

Al pasar caminando a veces toca atravesar grupos personas reunidas en la puerta para despedir a algún familiar o amigo.

A veces uno puede distinguir a los amigos, a los familiares, y más allá a veces hay gente que a lo mejor no lo conocía muy bien y está medio embolada y ya se quiere ir.

Otras veces hay muy poquita gente, tres o cuatro personas solamente.

En algunas ocasiones es un mar de lágrimas, y otras se siente un ambiente hasta casi festivo, con gente hablando animadamente y riendo sin ningún reparo.

En la foto se aprecia un detalle característico: el busto de un caballo en la cabecera del portón principal.

La ferretería “del coreano”, o al menos, así la llamaba mi abuelo. La atienden un señor con su esposa y su hija, y si, tienen rasgos asiáticos pero quién sabe si son realmente coreanos. Probablemente no.

Viendo la foto me doy cuenta de que tiene un cartel de “Vende” en la persiana, así que, probablemente sea una reliquia con los días contados.

Hay una esquina con una farmacia bien a la antigua que no creo haber visto nunca funcionando. En mi memoria es una esquina que nació abandonada.

Cuando saqué la foto, por primera vez en mi vida vi la puerta abierta, y gente adentro aparentemente trabajando en arreglar o reacondicionar el interior. Futura reliquia con los días contados número dos.

La Escuela Normal Nº3, o “El Normal 3” es una cuadra bulliciosa, especialmente a fin de año cuando los salvajes de quinto año se reciben y tiran bombas de estruendo.

Actualmente es la escuela de mi hija, lo que me permitió conocer el edificio por dentro. Tiene un patio central muy grande y la estructura de pasillos y salones que lo rodean tienen un aire muy militar.

En el corazón de lo que fue el Mercado de Abasto, hay un galpón gigante abandonado, de cara a “la placita Libertad”. En el frente, tiene pintado un símbolo que parece un barco, o una cruz sobre un triángulo.

Durante mucho tiempo especulé sobre su significado, hasta que recientemente descubrí una nota que explicaba su origen:

Los vecinos del barrio Abasto especulaban con el significado de ese signo que recubre el frente derruido del Frigorífico Celle, cerrado poco después de la última Dictadura. Rumores hablaban de un templo evangelista, pero lejos estaba de ello la explicación sobre su origen y su historia: sus propietarios, herederos de aquella otrora industria, dieron el permiso a un realizador audiovisual rosarino para pintarlo, ya que tenían planeado demolerlo un mes después para levantar un shopping u otro emprendimiento similar. Pero finalmente nunca fue demolido y la misteriosa insignia continúa hasta estos días custodiando la plaza.

[…] el signo fue pintado para rodar una película entre 2003 y 2007 […] el realizador audiovisual del film en cuestión es Fernando Zago, reconocido por su dirección de Fotografía de películas como De quién es el portaligas de Fito Páez, El Asadito y El Cumple de Gustavo Postiglione, e Ilusión de Movimiento, de Héctor “Nene” Molina.

Fuente Rosario3

Y así maté dos pájaros de un tiro: El significado del símbolo, y enterarme que lo lo que yo creía equivocadamente era el edificio del Mercado de Abasto, era un frigorífico.

No es que la revelación haya sido decepcionante, pero, el sabor de la incógnita era más dulce.

Y así finaliza, por lo menos por ahora, este recorrido histórico-personal por mi barrio.

Gracias por leer.

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