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Compañera

Júntense niños, alrededor del fogón.
hoy voy a contarles un episodio particular
que vivió un niño hace tiempo un montón
y que hasta hoy recuerda con pesar.

Sin haberlo esperado,
ni deseado, ni querido,
su vida no fue la misma
después de lo que pasó.

No se sorprendan si les digo
que ese niño, era yo.


Durante los años del jardín de infantes, quien escribe, era casi siempre seleccionado para interpretar los personajes principales de lo actos escolares: Pinoccio, Sarmiento, Alí Babá… y también para bailar en actos musicales de tango, tarantela, etc.

Yo interpretando a Pinocho

A pesar de no contar con un particular talento escénico, ni una voz imponente, ni una memoria confiable, ni mucha gracia en mis movimientos, mis maestras parecían encaprichadas con elegirme a mi.
En fin, que si había un acto, yo siempre terminaba arriba del escenario.

Mi memoria no es muy clara alrededor del episodio que les quiero contar. Conservo más bien impresiones fugaces, algunos breves recuerdos reforzados (o implantados) por haber visto viejas fotos de ese día, y obviamente, el desenlace, que sé que me va a acompañar hasta la tumba.

Recuerdo el escenario de madera, de un poco menos de un metro de altura, en una sala no mucho más grande que una habitación promedio (aunque las dimensiones cuando uno es chico siempre parecen mayores).

Yo interpretando a Sarmiento

De pronto, me recuerdo sobre el escenario, con la música de fondo ya sonando, abrazando a mi compañera de baile, y el público oculto detrás de algunas luces o flashes que me impeden distinguir sus detalles. No recuerdo en este momento si veía o sabía dónde estaban mis padres o quienes hubieran ido a verme.

Tampoco recuerdo qué estábamos bailando en aquella ocasión. Quizás algún baile folclórico nacional, o algún tipo de valse, que acompañábamos dibujando círculos alrededor del escenario.
Lo poco que recuerdo de mi compañera es que era una vecina que vivía en mi misma cuadra, pero del lado de enfrente, y con quien no recuerdo haber cruzado una palabra jamás (ni dentro ni fuera del jardín).

Yo bailando la Tarantella

Y así, dando vueltas y vueltas, de acá para allá, como en una especie de trance, recuerdo ir en dirección al público, y de pronto sentir que el piso desaparecía de debajo de mi compañera. Un segundo después, me veo abrazando el aire, y mi compañera en el piso, lejos allá abajo del escenario.

Llanto.
Sillas que se arrastran.
Conmoción.
Y yo, todavía abrazado al aire.

Fue un accidente menor (mi compañera habrá terminado con algún moretón y nada más), y si bien sé (hoy) que no fue culpa mía, en ese momento me sentí tremendamente mortificado y avergonzado.

Después de ese acontecimiento no sé si volví a participar en otro acto escolar, sea en jardín o en otros niveles, y si lo hice, probablemente haya sido porque no tuve escapatoria, y en algún rol secundario que me permitiera escabullirme de la luz de los reflectores.

Ese tonto accidente me volvió una persona más insegura, más tímida, más ansiosa. El rumbo que tomó mi vida a partir de aquel momento me llevó a convertirme en una persona muy distinta a la que hubiera sido si nunca hubiera pasado. Ya sé, podríamos afirmar esto sobre cualquier acontecimiento de nuestra vida, pero confío sabrán comprender la intención de esta humilde figura retórica.

Décadas después, tuve un par de oportunidades de volver a exponerme a escenarios y auditorios concurridos, y tuve el placer de descubrir que podía controlar los nervios, y encontrar la seguridad necesaria para exponer un tema o dar una charla con bastante elocuencia (siempre y cuando estuviera seguro de mi dominio del material).

No solo pude afrontar esas situaciones, sino que las disfruté, y durante un tiempo me propuse dictar talleres, cursos y exponer en algún que otro evento, y con cada uno de aquellas pequeñas victorias, sentí que estaba redescubriendo una parte de mi que había perdido en aquel escenario tantas décadas atrás, cuando me convertí en bailarín solista en la mitad del acto.

Gracias por leer.

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