Jardines digitales: el fin del scroll infinito

Alba Lafarga
04 noviembre 2025

En una internet mierdificada, florecen espacios más libres que reivindican los ámbitos lentos, reflexivos y fuera de los algoritmos.

Ante una red cada vez más privatizada y controlada por grandes plataformas, van creciendo espacios personales que comparten intereses y conocimientos de manera creativa y abierta. Lo que proponen es una nueva manera de habitar la red: con calma, cuidado y sentido comunitario.

¿Cuántas recetas de cocina de las redes sociales has llegado a guardar o a compartir con alguna amistad esta semana? ¿Cuántas has llegado a preparar en el último año? Quizá te acuerdes del concepto que te había interesado: un plato vegano que tenía pinta de ser muy sabroso, el batch cooking definitivo para resolver las fiambreras de la semana o la enésima receta de pan (solo que en formato de panes bao para congelar). En la internet más popular encontramos mucha información y recomendaciones que a menudo nos interesan de manera genuina, pero difícilmente volvemos a recuperar ningún vídeo o publicación después de hacer clic en Me Gusta. ¿Hay alguna forma de repescar las pequeñas perlas que nos encontramos durante el scroll infinito? ¿Cómo detenernos en lo que nos importa en un feed que se actualiza más rápido de lo que cualquier persona puede procesar?

La mierdificación de internet

En un abrir y cerrar de ojos, nos hemos quedado comprimidos dentro de los jardines vallados de las grandes empresas tecnológicas: Meta, TikTok, Google, Apple, Amazon y Microsoft. La experiencia digital está diseñada para retenernos en estos espacios, y el afán de lucro de estas empresas conduce a todas las plataformas a la mierdificación, ya sea en forma de anuncios que nos asaltan en cada story o a través de fórmulas para captar nuestra atención que se cronifican y se repiten, hasta que resulta imposible reconocer quién ha decidido colocar el micrófono de solapa en aquel objeto aleatorio para que nos fijemos en él.

Kyle Chayka, en el ensayo Mundofiltro. Cómo los algoritmos han aplanado la cultura, analiza el aplanamiento cultural al que nos han conducido los filtros de recomendación que todas estas empresas han diseñado para sus plataformas. Y es que la viralidad de las redes sociales ha llevado un paso más allá los ciclos de la moda de la mano de una fast fashion que lo quema todo más rápido para que necesites continuar comprando: ahora son las Onitsuka Tiger amarillas, mañana quizá vuelvan las Buffalo con plataforma. Chayka hace bien al recordarnos que «[…] los sistemas de recomendación no son entidades omniscientes, sino herramientas creadas por grupos de investigadores o trabajadores tecnológicos. Son productos falibles». Y es que a menudo se habla del algoritmo y de la tecnología como un ente neutral y superior que dicta el ritmo de la creación en internet, pero detrás, en realidad, hay personas encargadas de diseñar los espacios digitales que transitamos (con todos los sesgos e intereses económicos de la empresa para la que trabajan y que no heredarán). También señala que la llegada de los feeds algorítmicos, basados en la construcción de perfiles personalizados según los gustos de cada uno, está rompiendo la sensación de comunidad online, porque cada usuario navega por su propio río de recomendaciones: ya no hay un canal principal que recoja una imagen compartida del mundo. Seguimos enviando aquellos vídeos que nos hacen reír y de los que hemos aprendido algo, pero cada vez más quedan relegados a los mensajes privados y a los chats: al bosque oscuro. Ni tan solo el espacio de comentarios está libre de mierdificación desde que los community managers de todas las empresas se pasean para crear marca y exhibir una ironía barata.

Los jardines digitales

Alrededor de este internet-aparador que nos cuelan entre las manos hace tiempo que muchos usuarios han comenzado a cultivar sus jardines digitales. Pero ¿qué es un jardín digital? Es un espacio web que busca reinventar el blog y que se está extendiendo discretamente por las zonas más alternativas de internet. A diferencia de las redes sociales convencionales como Facebook o Twitter, con muros y colores fijos, estos espacios están más abiertos a la personalización y, en este sentido, se asemejan más a Myspace o Tumblr. Los jardines digitales son espacios personales y en constante transformación, donde los usuarios pueden expresar y compartir sus intereses y conocimientos de forma abierta, pausada y reflexiva. Y, si entiendes de código y diseño web, puedes construir desde cero tu jardín digital personal para que se adapte a lo que quieras compartir.

A pesar de que es ahora cuando el concepto está cobrando fuerza, sus orígenes se remontan a 1998, cuando Mark Bernstein propuso el término «jardín de hipertexto»:

https://faculty.washington.edu/farkas/HCDE510-Fall2012/BernsteinGardens.pdf

Como una metáfora para describir espacios digitales que permiten la exploración libre del conocimiento. Según Bernstein, un jardín es como un campo cultivado con placer y no con fines comerciales. En la conferencia «The Garden and the Stream: A Technopastoral», el experto Mike Caulfield destacaba que este modelo web es una manera más lenta, reflexiva y rica de navegar por internet, alejada del consumo rápido y superficial. En este sentido, los jardines ofrecen una alternativa optimista ante la desinformación y la saturación digital actuales.

https://hapgood.us/2015/10/17/the-garden-and-the-stream-a-technopastoral/

Se trata, pues, de webs personales que pueden contener desde reseñas de libros, archivos de recetas y reflexiones hasta obras de arte interactivas.

https://internetwalks.com/

Se caracterizan por su flexibilidad y evolución constante, y con frecuencia reflejan el crecimiento y las ideas personales de sus autores. A diferencia de las redes sociales, no buscan el efecto viral ni la inmediatez, sino la profundidad, la creatividad y la individualidad (que no rehúye la conversación colectiva, es más, la incentiva). Estas páginas pueden modificarse siempre que sea necesario, como si estuvieran vivas, con contenidos en diferentes estadios de desarrollo; de ahí el paralelismo con los jardines.

Un jardín digital puede adoptar muchas formas. En primer lugar, no hace falta que esté publicado en abierto como un blog, puedes tenerlo abierto, cerrado o, en función de la plataforma, a menudo puedes seleccionar algunas páginas para que permanezcan accesibles a todo el mundo. El objetivo principal de estos espacios es utilizarlos como blocs de notas digitales donde podemos guardar, de manera consciente y práctica, todo lo que vamos encontrando en internet y queremos tener a mano para usarlo más adelante. Entre las plataformas más populares destacan Github, Notion , Obsidian, Anytype y Joplin, que también sirven como espacios para organizar de forma visual el flujo de trabajo y las relaciones entre ideas. En el siguiente enlace encontraréis una recopilación más amplia de este tipo de plataformas, tanto de código abierto como en forma de espacios privados.

https://github.com/MaggieAppleton/digital-gardeners

Reflejarse en la naturaleza

Profundizando en la metáfora de los jardines digitales, podría ser interesante pensarnos desde los tiempos de crecimiento y cambio de un jardín. Tratar nuestras ideas como semillas y plantas que hay que ir regando y cuidando en cada estación, como relata Byung-Chul Han en Loa a la tierra, donde explica que gracias a cuidar de su jardín en Berlín recupera el embrujo por la belleza del mundo. Pensarnos en relación al entorno natural es también percibirnos como sujetos que necesitan ritmos diferentes; y abrir un espacio en el ámbito digital que nos permita vernos desde un lugar más pausado puede darnos tiempo para escribir, leer y pensar sin la mirada atenta de los algoritmos productivistas. Como recoge Juan Evaristo Valls Boix en El derecho a las cosas bellas haciéndose eco de Emma Goldman, reclamar el derecho a las cosas bonitas, al embrujo del mundo del que hablaba Han, es liberarnos de las lógicas capitalistas del rendimiento para abrirnos a la inoperancia. Que se nos pueda valorar más allá de la competición: «[…] no queremos enamorarnos del trabajo, ni convertir nuestro amor en una empresa».

Cuando la desconexión de internet se convierte en una opción solo apta para privilegiados y el acceso a cuidar de un jardín en el plano analógico está vallado por la propiedad privada y la falta de tiempo, destinar nuestra atención a cultivar un jardín digital en mitad de un mundo que nos desborda es tratar de tener en orden las ideas en un intento de barrer la entrada de tu casa; requiere constancia para mantenerlo arreglado, pero también podemos dejar que crezcan las mal denominadas malas hierbas, que aportan diversidad y otro orden que quizá nos sirva para entender mejor cómo funciona todo ello (a nuestra manera).

Sin embargo, sigue siendo difícil escapar de las lógicas productivistas cuando de cualquier lugar web obtenemos métricas de visitas y subscripciones (las newsletters están ganando terreno, sobre todo en la plataforma privada Substack). Y es que no se trata de responsabilizarnos a nosotros mismos de resistir el internet-aparador a través de los jardines digitales; solo es una forma de salir del paso. Es necesario que las instituciones reclamen responsabilidades y cambios a las redes sociales mayoritarias, que luchen contra el monopolio de los espacios digitales y que haya transparencia en la gestión de los datos y los algoritmos. Y no solo eso. También es importante una migración colectiva hacia nuevos espacios de internet en los que se comience a cultivar otra manera de estar, como ya sucede en las diversas redes sociales del Fedivers, con espacios como, por ejemplo, Mastodon, Bookwyrm, Pixelfed o Peertube.

Vía

https://lab.cccb.org/es/jardines-digitales-el-fin-del-scroll-infinito/


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